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No night is too long

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Qué decir? Hay de todo un poco, como una larga noche de insonmio, encuentras todos tus demonios para exorcizarlos....sin embargo, ninguna noche es demasiado larga.

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Sábado, 28 de mayo de 2005

NOVELA

Escribir una novela no es fácil, este un simple borrador, pero en él se recoje la esencia de una mujer hermosa, un poco puta, y un tonto narrador, con sus dudas, sus cachondeos y ese mal sabor que te queda en la boca después de una noche de juerga....


CONSTANZA

Ella se sabía deliciosamente impúdica. Sabía que esa noche sería poseída por muchos hombres que la esperaban, que ella estaba en celo y que necesitaba descontrolarse para poder sobrevivir. Su actitud, sin embargo, frente a todos era cuidadosamente controlada. Cada uno de sus movimientos tenía un sentido y una proporción determinados.

La noche estaba inundada de una húmeda sensualidad. Afuera, una llovizna regaba la tierra, mojaba el césped, la mojaba a ella misma, hacía de la calle un oscuro espejo de pavimento.

Mejor aún, todo olía a frescura. Sí, era la frescura de la hierba después de llover, lo que se podía percibir. Era la frescura que refrescaba sus calenturas, que le erguía sus pezones y que la erizaba al sentir el roce suave de la brisa húmeda en su vagina desnuda.

Ella iba entre dos hombres, que la deseaban de una forma diferente. Uno era su esposo, el otro era su amante. Aunque iba con ellos dos, se sentía inmensamente sola. No los quería, solamente los necesitaba.

Algunos carros, con sus vidrios empañados, evidenciaban que dentro de ellos se desarrollaban faenas de sexo fugaz y desvergonzado.

Estaba vulgarmente hermosa. Se sentía excitada, más que por su vestimenta, por las miradas lascivas que sabía iba a despertar, por la envidia de otras mujeres que se agrupaban para criticarla y destrozarla, y ella, como siempre, podía renacer, cada vez más vulgar, pero a la vez más única.

Fabián la tomó por su cintura desnuda. Eduardo seguía al pie suyo como si nada. Al acercarse a la puerta del Bar, pudo ver que fue el centro de atracción de todas las miradas, que nadie podía dejar de comentarla, de verla y desearla, y eso era lo que ella quería, que la desearan, pero a su vez, que supieran que era una mujer fácil, que era la reina de la noche precisamente por ser una mujer fácil. Las luces rojas, violetas, azules, iluminaban la calle humeda y el reflejaba el desorden que iba a protagonizar. Se acomodó su ínfima minifalda, no para bajarla, sino para subirla con grosería. Ya llegaría el momento en que alguien se la bajara esa noche, cualquiera, el primero que le despertara deseo. Ya sabía ella que por último alguien se la volvería a subir, cualquiera, cuando ella estuviera cansada.

Fabián con aparente, pero premeditado descuido, le tomó de sus senos, a la vista de todos. Ella se dejó hacer. Le encantaba, ver la cara de escándalo de las muchachitas que se creían precoces por el simple hecho de que las dejaban ir a bailar hasta la madrugada, ella las despreciaba, las veía como eran, unos horribles bichos femeninos, que le temían a la libertad y que por lo mismo, le temían a ella. Sí, sentía el temblor en sus ojos, en sus piernas, en sus horribles cinturas, fofas, gordas, desproporcionadas. No era el temblor que ella sentiría, cuando en el baño del Bar, casi a los ojos de todo el mundo, ella se entregara al sexo.

Afuera, la música se oía vivaz, potente, con una energía que la contagiaba a ella.

- ¿Entramos ya? – preguntó uno de los dos hombres.
- Si

Entraron.

MARGARITA

La música era sensual, sin ser suave. Los cuerpos se movían rítmicamente.

- Qué te dijo Sebastián? – preguntó Verónica.
- Me pidió un favor….

Verónica le interrogó con la mirada.

- Que esta vez no hiciéramos el espectáculo de la vez pasada.
- ¿Oyes Eduardo?

Eduardo los miró a los dos, como preguntando qué era lo que tenía que oir.

- Lo que dijo Sebastián
- No, ¿qué dijo?
- Que no hiciéramos el espectáculo de la vez pasada.

Verónica estaba furiosa. Entonces, se preguntaba, ¿para qué habían ido esa noche?

- Me importa un pito Sebastián y lo que piense. – sentenció Eduardo.
- Estoy de acuerdo. – Dijo Fabián.

Verónica los miraba, ya sabía ella que ellos no la defraudarían. Ellos también necesitaban que ella se comportara como una puta, y deseaban verla disfrutando de esos cuerpos anónimos que ya se habían percatado de su presencia.

- Sin mente.

Era como un grito de guerra. Verónica fue a bailar con Fabián. Pegaron sus cuerpos. Verónica estaba casi desnuda, una blusa muy corta, transparente, la espalda desnuda, una muy corta minifalda. Se besaron.
















ALICIA

Los movimientos de Verónica desbordaban, más que un refinado erotismo, un placer sexual explícito. Nunca le habían gustado las sugerencias, sino los hechos. Prefería ser abierta y no velada. Esa era ella.

Fabián con desfachatez le acariciaba sus senos. En su febril baile, no les importaba los ojos de los demás. El roce de esas manos le producía un deleite perverso, sabía que el escándalo rondaba esas otras mentes que los observaban con desagrado.

No les importaba lo más mínimo. Lo que realmente era importante para ellos era que sintieran, como lo estaban sintiendo, un placer inmenso.

El desenfreno los llevaba a esto.

Desde hacía unos días, Eduardo, su esposo, le había permitido que tuviera un amante. La única condición que le impuso a este hecho, era que el amante fuera convenido entre los dos. Eduardo había perdido desde hacía mucho tiempo su sentido del respeto. Los celos naturales de cualquier hombre, que implicaban defender la posesión que tenía sobre su mujer, poco a poco habían ido cediendo, hasta que un buen día se desvanecieron. Pero no fue la voluntad de Eduardo que esto fuera así.

Cuando Eduardo recordaba los detalles sentía dolor y tristeza. Sin embargo, era la única manera de sanar las heridas del engaño de Verónica, era permitir que ella tuviera un amante, con su consentimiento y que la compartieran juntos. Verónica le agradecía esta muestra de generosidad, que en realidad no era generosidad, sino un medio para olvidar.

Cuando ellos se casaron, había muchas heridas en ambos que seguían supurando sangre y pus, como un humor maldito que se apoderó de su cama, de sus ropas. Ese amor, con el cual se casaron, con el cual fueron de luna de miel y con el cual se empalagaron en los balnearios de Europa, poco a poco se fue convirtiendo en una pesadilla para ella y en amargura para él. El amor se había roto definitivamente, simplemente se soportaban como una carga, más o menos pesada, que por muchas apariencias que debían guardar, era necesario mantener.

Verónica era la celosa. Siempre lo fue. Ella era quien demandaba todo el tiempo de Eduardo, la que exigía que él solamente tuviera ojos para ella, quien no permitía que un solo minuto del día estuvieran separados, quien le llamaba a todas horas y quien exigía, sin importar nada, que corriera a encontrarse con ella. Eduardo en esas épocas disfrutaba todo ello, aunque a veces se sintiera asfixiado, siempre era mejor, según él, ser añorado que despreciado. Compartían mucho, siempre estaban juntos, aunque tenían aficiones diferentes, siempre trataban de conciliarse mutuamente en sus cosas, entonces, él terminaba haciendo cosas que a ella le encantaban, y ella terminaba haciendo lo que él quería.

Eran muy felices, pensaban ambos, pues se sentían confortablemente en paz. Eso les tranquilizaba. A Eduardo le encantaba no tener que inventarse cosas, continuamente, para ahuyentar el tedio. En su relación con Verónica, el tedio estaba garantizado, pero al mismo tiempo inmunizado, por el amor que decían profesarse. Quedarse una tarde lluviosa, encerrados en casa, sin otra compañía que monótonos programas de televisión, no era un problema para ellos.

Eso sí, a ella le aburría que incluso en su aburrimiento no la incluyera. Ella tenía que estar presente en todos los momentos, por eso le fastidiaba enormemente que él se pusiera a leer, o que fuera a dar un paseo por el campo, o que hiciera sus labores de jardinería sin que la incluyera a ella. Ella tenía que estar presente, pero poco a poco, los planes de ellos dos eran las cosas que a ella le gustaban. Eduardo cedió en esto, sin darle mayor importancia, le parecía una compensación mínima por recibir aquello que Verónica le daba.

Un día, no lejos de su boda, ella conoció a quien sería su primer amante. Nadie nunca hubiera llegado a pensar que Verónica fuera capaz de algo así. Ella era la celosa, la que no consentía que nadie se acercara a Eduardo, la que quería a Eduardo para sí, la que disfrutaba que Eduardo estuviera a su lado.

El amante, el primer amante, era un pintor de poca monta y poco horizonte, casi lo que puede llamarse como un pobre diablo. Eduardo supo – y tal vez por la propia boca de Verónica – que una vez que lo conoció se sintió atraída por él. Verónica siempre había demostrado una gran afición por el arte, de hecho le gustaba pintar cuadros con los que después obsequiaba a sus amistades y a su propia casa. Igualmente, parecía interesarle la historia del arte, el conocimiento de las diferentes técnicas de pintura y cosas por el estilo.

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No le importaba lo que pasara, simplemente se había enamorado, o creía haberlo hecho, y cada vez más su presencia se hizo necesaria para ella. Él la tomó de la mano, ella al comienzo se desconcertó, pero sin resistencia recibió el beso y le ofreció poco a poco su mismo cuerpo. Para mantener su relación, y de paso las apariencias, hizo amigos a Eduardo y al pintor. Inconsciente de su cinismo, esperaba a que su marido saliera de casa, en la que les dejaba a ambos, para recibir en la cama, aún con el calor del marido engañado, al amante furtivo.

Eduardo lo sospechaba todo, pero no tenía los medios para comprobarlo, y para su infortunio, él era una persona acostumbrada a pensar siempre en términos lógicos, lo que le impedía juzgar y dictar un veredicto sin contar antes con las pruebas suficientes para condenar o absolver. Nada podía hacer hasta que no hubiera algo que de verdad le destapara los ojos.

Una noche llegó a casa, habían quedado de ir juntos con algunos amigos, pero Verónica no estaba en la casa. Inmediatamente sintió como su corazón se oprimía, como su respiración fallaba. Sabía que ella estaba engañándole, que ella estaba con esa otra persona que desde hacía unos días estaba metiéndose en la mitad de sus vidas.

Cuando conocieron a Fabián, a ambos les pareció agradable. No estaba a su altura social ni cultural, pero eso no importaba. Al fin y al cabo, como lo expresaba Eduardo, no había problema en recibir a Fabián en su casa si estaba claro que no le querían para que escribiera un libro o disertara sobre algún tema de filosofía. Lo querían pura y simplemente para que Verónica lo devorara, lo usara como macho, más que como hombre.

Fabián era plenamente conciente de esto. Desde el primer momento lo supo. Los descubrió, pero sin embargo, siguió el juego. Era como un ajedrez jugado a tres manos. Aunque Eduardo un día pensó que era un ajedrez jugado solo por el, en donde a falta de mejores fichas, solamente estaban Fabián y Verónica.

CARMEN


Conoció a Jorge un día en que fue a su casa. Llegó tarde, venía acompañado de su pareja e inmediatamente se sintió atraído por él. Había algo que le hacía especial, que le llevaba a no poder dejar de mirarle y querer estar cerca de él, muy junto, a querer tomar su mano, a querer traicionar todo aquello en lo que le habían enseñado a creer.

Se enfrascaron en un juego de seducción. Él sabía que estaba entrando en terrenos prohibidos, que no podría salir inmune a todo aquello. ¿Valía la pena arriesgarse tanto? poner tanto en juego, podría parecer una tontería. Pero para él valía la pena.

Jorge llegó vestido de camisa blanca, un pantalón ceñido que dejaba ver un cuerpo delgado pero atlético, su pelo negro, un poco largo, revuelto al descuido. Al llegar, todos le observaron y todos se sintieron atraídos.

Por: Eduardo Montenegro | Personal | Comentarios (0) | Referencias (0)

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